viernes, 17 de marzo de 2017

Cien años de sufrimiento en la literatura colombiana vistos a la luz de la "Estética histórica"

Resumen. En su desarrollo, la relación entre ciencia y fe llegó a transformarse en la aporía materialista entre “inquietudes del pensamiento” y “deseos corporales”; sobre este par de razones irreconciliables se sostiene el sufrimiento de las mentalidades en la sociedad burguesa con su “prosa del mundo”. Nuestro país, marcado por el “personalismo” ―propio de la religiosidad católica― y, en ciertos sectores, dispuesto a incorporar las novedosas maneras “individualistas” ―de la ideología ilustrada― ha tenido una participación activa, relativa a su situación, en el desarrollo de ese modelo de sociedad. Este ensayo, justificado en la “estética histórica”, retoma el planteamiento teórico que Roland Barthés propone en El grado cero de la escritura para establecer los criterios de interpretación del sufrimiento que tal aporía generó en la sociedad de esa época en Colombia determinando fases, formas y contenidos de su producción literaria. Se apoya también en las tesis de Benjamín sobre el impacto de las técnicas de reproducción en el arte para esbozar una cota de cierre al período en estudio.

1. Personalismo e individualismo: tendencias ideológicas de las sociedades burguesas

La inconsecuencia como estilo de vida. El fundamento general del cuestionamiento que Hegel formuló a la filosofía reflexiva ilustrada permite una doble interpretación. Hegel cuestionó el sistema kantiano porque lo consideraba la culminación del proceso de separación entre fe y ciencia; era optimista: Kant era apenas era el principio, si consideramos el triunfo del cinismo que se concreta en la Crítica de la razón cínica de Sloterdijk. La primera interpretación del cuestionamiento hegeliano surge en contextos que admiten la metafísica, en los cuales esta categorización básica deriva la relación entre ciencia y conciencia ―la ciencia sin conciencia es la ruina del alma, decía François Rebeláis un par de siglos antes de Kant―. La otra interpretación, surge en el ámbito del materialismo; en donde, a partir de la dialéctica entre “reino de las ideas” y “realidad común”, Hegel dio fundamento a dualidades del tipo: “espíritu”–“materia”, mente–cuerpo, razón–experiencia, “racionalismo”–“empirismo”. Además, en muchos casos, esta interpretación “materialista” resultó infectada por la moral y el razonar católicos típicos; porque insiste en establecer en su distinción un carácter de dualidad entre elementos discretos ―contradiciendo al mismo Hegel, quien se empeñaba en reconciliarlos a través del método dialéctico, estableciendo mediaciones entre ellos y devolviéndoles su carácter de elementos límite en sistemas continuos―.

En el par metafísico, se relacionan dos categorías ubicadas, naturalmente, en niveles jerárquicos distintos: una categoría está contenida por la otra (el “mundo” está contenido por el “cielo”); mientras que, en el materialismo, se trata de un par cuya relación jerárquica queda a merced de la voluntad personal; constituyen categorías inconmensurables (razón Vs. ‘emoción’), dispuestas en un orden horizontal, en donde cada cual elige cual se ajusta mejor a sus intereses (individuales o personales); como si, en lugar de caminar, se eligiera sobre cuál de los dos píes se salta para realizar los trayectos de la vida corriente. Como sea, en la recepción de Hegel ha triunfado la interpretación materialista.

Si bien la intensión de Hegel era superar simultáneamente el dogmatismo, el individualismo y además el subjetivismo kantiano, de su dialéctica entre Idea (eterna) y sistemas filosóficos (históricos), la cultura se concentró en tomar, a través de la interpretación materialista, el componente histórico que se ajustaba a sus intereses. Así, con el tiempo, Hegel sólo facilitó una descripción ―¿predicción?, ¿modelo a implementar?― muy realista de la sociedad burguesa, que se consolidó durante el trascurso del siglo XIX y se expandió por todo occidente, y en cuyo ámbito el desarrollo estético existiría supeditado a las exigencias históricas que le confieren una situación y le proveen un contenido, como lo veremos más adelante. Por ahora consideremos las tres características que, a partir de su diagnóstico sobre la filosofía reflexiva, se pueden deducir para esta sociedad:

1. El carácter positivista del entendimiento moderno, al separar las ciencias de la materia de las ciencias del espíritu, reduce los conflictos sociales a categorías discretas: los vuelve absolutos. Hegel intentó impedirlo, pero sólo consiguió fundamentar las diferentes formas de resistencia a su influjo, cuando no la optimización consciente del mismo.

2. La sociedad burguesa contrapone ciencia y religión para exaltar arbitrariamente el entendimiento científico a la condición de razón; en efecto, la fe constituye un acto vacío de conocimiento y la razón, reducida a entendimiento, queda incapacitada para conocer. Relación aberrada que implica la disociación entre subjetividad humana y objetividad natural y social; de allí que, en muchos casos, aún hoy día se suelan confundir emocionalidad con subjetivismo y racionalidad con materialismo.

3. La cultura moderna es subjetivista —nominalista, diría Peirce; cuando no “conceptualista” —. La explicación que Hegel ofrece a esta propiedad de la sociedad que aún nos circunscribe (siempre más que nunca antes) resulta especialmente certera en lo que respecta a su descripción germánica de nuestros pueblos latinos: “que no conocen la intimidad y mantienen separado el interés religioso del mundano”. En opinión de Hegel, el subjetivismo se debe a la recepción reflexiva que los pueblos latinos dieron al protestantismo: mientras Lutero proponía buscar a Dios en la intimidad, los pueblos latinos se apoyaban en sus principios reformistas para conquistar riqueza (individualismo) y para acumular territorios (personalismo). Freud lo diría de otra manera en sus Conferencias sobre la introducción al Psicoanálisis: “En última instancia la motivación de la sociedad humana es de carácter económico”. No pasemos por alto el cuestionable carácter generalizador del enunciado; aunque se puede suponer que aquellos grupos humanos reunidos bajo otro tipo de motivación no tendrían el carácter de sociedad, sin embargo, sería más eficaz si en su afirmación sustituimos el adjetivo “humana” por el adjetivo “burguesa”.

De manera que positivismo, culto al entendimiento y subjetivismo vienen a ser los principios de las dos modalidades de inconsecuencia que rigen las relaciones entre la persona y la sociedad a la que pertenece, en el mundo capitalista: la que da prioridad al espíritu sobre la materia y que constituye lo que llamaremos personalismo; y la que da prioridad a la materia sobre el espíritu y que va a constituir lo que llamaremos individualismo. Diferentes en cuanto mentalidad pero muy difíciles de diferenciar respecto de sus prácticas sociales (sería grandioso poder diferenciarlos como los que van a misa y los que no, pero dada la identidad última de sus intereses las personas no encuentran dificultad en cambiar de mentalidad dependiendo de las circunstancias); sufren porque los argumentos con los que combaten a sus oponentes distan significativamente de sus prácticas en las que sintomáticamente suelen concordar.

Las mentalidades burguesas. La transición del feudalismo al capitalismo generó un fenómeno muy bien definido que se conoce como las sociedades burguesas, organizadas en un sistema de clases burguesas, en donde la burguesía (personalista: poseedora de tierras o individualista: poseedora de otros modos de riqueza) es tomada como la clase representativa. Esta categorización resulta importante si se quiere describir la relación de nuestro país con la dinámica de la historia a lo largo de esta primera fase de reacomodamiento del mundo cuyos extremos, inicial y final, no se pueden asociar cada uno a algún evento histórico específico sino que tienen diversas manifestaciones según contextos sociales definidos. En Colombia puede considerarse como un proceso que incluye la incidencia de J. C. Mutis, la rebelión de los comuneros, el grito y las batallas de independencia, y quizás hasta el momento en que se lograran pagar las deudas generadas por dichas batallas, con la venta de Panamá. Aunque se puede dudar que nuestro país pueda percibir la transición a una segunda fase, considerando que el discurso histórico requiere límites para facilitar la comunicación, convenimos en referirnos, para efectos de estudiar la literatura correspondiente a este periodo, con la expresión: literatura colombiana del siglo XIX. Muchos autores que han tratado la relación entre Colombia siglo XIX y la primera fase de expansión del capitalismo; al respecto se pueden considerar dos enfoques límite:

1. Los criollos imitaban bien sea las mentalidades progresistas francesas (y norteamericanas) o bien las colonialistas, dogmáticas, españolas (y norteamericanas); en tal caso, los modelos se repetirían considerando superficialmente su fundamentación.

2. Y una postura crítica, menos “neo-colonializante”, que encontramos por ejemplo en Rafael Gutiérrez Girardot quien, con base en la propuesta de José Ingenieros y de Hobsbawn, argumenta sobre los procesos de los países de lengua española a partir del concepto de “homología” entre la dinámica del capitalismo y las identidades nacionales en formación, tanto en Europa como en la América postcolonial. Es decir, como un sistema de semejanzas entre el todo (lo que antes fue la metrópoli occidental) y cada una de las partes (lo que antes fueron sus colonias), definiendo diferencias según la relación entre la presión de acomodamiento ―que ejerce el todo― y la reacción relativa a la situación de cada parte.

Personalismo - mentalidad “colonialista”. El desarrollo del primer enfoque, incorporado a una argumentación histórica, lleva a Jaime Jaramillo Vélez a concluir que la Modernidad en Colombia es una etapa que se dejó postergada. Para ello, concentra su atención en mostrar cómo el personalismo ha impedido el avance de la nación; Colombia era un país productor de materias primas, no uno industrial; aun cuando al principio la educación se quiso enfocar hacia la formación de personas capaces de generar o al menos operar recursos tecnológicos, pronto la resistencia de la tradición colonialista se hizo notar obstaculizando la incorporación de aquella sociedad a la rápida evolución del mundo industrial; la persistencia de la cultura colonialista se explica porque en ese contexto la tierra valía más (proveía importancia, honor) que el trabajo. Entonces el personalismo ―protagonista en el enfoque de Jaramillo Vélez― se convierte en la moderna mentalidad del viejo latifundista, ahora desentendido de las obligaciones inherentes a la nobleza. Es decir: si consideramos que la tierra, con la independencia, adquirió un valor monetario, el personalismo sería la ideología característica de la “burguesía terrateniente”. La fortaleza de sus recursos es de tales proporciones que logró impedir durante todo el siglo la efectiva incorporación de buena parte de los países de lengua española, Colombia más que todos los demás, a la vida industrial en pleno. La modernidad generada a partir de las necesidades de ese sector social se verifica en el sistema político y económico que facilitó el establecimiento de medios de trasporte para sistematizar y exportar su producción agrícola.

Individualismo - mentalidad “progresista”. El desarrollo del segundo enfoque interesado en explicar la dinámica cultural, especialmente literaria, concluye que es necesario entender el tema más en profundidad, porque la producción artística de los países de lengua española se resiste a las teorías de la imitación desde múltiples puntos de vista. El caso es que para abordar la sensibilidad artística, Gutiérrez prefiere apoyarse en una categoría propia del ambiente matemático, aunque delegando precisiones a los antecedentes de donde considera autorizado su uso: homología. El sistema burgués se asentó por todo el mundo y reacomodó las sociedades en general; en consecuencia, al igual que en los demás países de América y de Europa, en Colombia se produjo una literatura que registró la evolución del individualismo ilustrado y demás efectos sociales de la expansión del capital; aun cuando por lo general sea a partir de una actitud de rechazo y obstrucción. También la literatura en Colombia evolucionó hacia formas autónomas “los hombres de letras se volvieron periodistas, maestros o diplomáticos. La actividad artística se volvió marginal: adorno pasajero, extravagancia” y fue consciente de la inquietud por el fin del “arte en tiempos de miseria”: se encuentra “literatura memorialista”, “novela del artista”, “negación del presente y evasión a otros mundos”. Artistas que encarnan al hombre burgués: con su dualidad oficina (realidad) e interior (refugio).

2. Arte e historia

Observar la producción literaria desde un enfoque que supone primordial su relación con la historia nos lleva de nuevo al sistema de Hegel; específicamente a su filosofía del arte, cuyo desarrollo aparece en las Lecciones de Estética. Para Hegel, la filosofía del arte busca comprender simultáneamente la estructura concreta de la obra y su historia. Esto resulta especialmente novedoso si entendemos que, desde Aristóteles, la literatura se consideró desde su relación con el efecto psicológico que genera en el receptor; y así hasta Kant, quien al someter esa perspectiva a su método crítico la dejó dispuesta para ser sustituida. Hegel reunió los conceptos de belleza, libertad y verdad:

“En esa libertad suya, el arte bello es sólo arte verdadero… y es sólo una forma de hacer consciente y expresar lo divino, los intereses más profundos del hombre, las verdades más amplias del espíritu.”

A su modo, este pasaje de “la estética” vuelve a situarnos en los haces de la ambigüedad señalada desde el inicio de este ensayo; a partir de la dificultad que hay en conciliar esta tarea del arte ―hacer consciente lo divino ―con su libertad fundamental, Szondi explica que allí Hegel está asignando al arte la tarea de la filosofía y la religión… Sólo que “como el arte cumple esa tarea mediante representaciones sensibles de lo supremo, retrotrae de la interpretación del contenido a la obra de arte concreta, al material”. Szondi va más allá en su aprovechamiento de este pasaje para mostrarnos cómo Hegel es el primer filósofo que afronta la aporía entre lo continuo y lo discreto: “Uno de los rasgos más geniales de la estética hegeliana es que, a pesar de su ubicación en un sistema de la filosofía, hace justicia a la obra de arte por medio de la consideración de su cualidad específica: filosofía misma, expresión de lo divino. Esto llega a ser posible gracias a la filosofía de Hegel, que tiende a la conciliación de lo general y lo particular, de lo concreto (que surge en la dialéctica: continuo) y lo abstracto (que está fijo en su particularidad: discreto).”

Y esto nos lleva al núcleo del pensamiento hegeliano: la dialéctica; recurso metodológico a través del cual Hegel buscó unir los opuestos, comunicar espíritu y naturaleza, conciliar lo general con lo particular, reunir lo esencial con la apariencia. La relación entre la obra de arte y el momento de la historia en que ocurre sería entonces una manifestación del método fundamental de Hegel: la obra en sí debe convertirse en para sí y para la historia. Como objeto histórico, la literatura exige ser considerada mediante un sistema filosófico que establezca esa dialéctica. La obra surge porque el espíritu (lo verdadero) necesita manifestarse (adquirir la forma de lo no verdadero); por otra parte, además, la realización dinámica de esa necesidad del espíritu no se limita al arte sino que se extiende a la filosofía del arte; también esta es necesaria. Esta unidad volverá a aparecer, aunque con una expresión más específica y sofisticada, en la unificación que Roland Barthés hace de las escrituras como efectos de la actividad tanto del “écrivain” como del “écrivant”.

Entonces, en la obra se manifiesta la verdad; no una verdad intemporal, “la verdad tiene su historia que es el desarrollo del espíritu absoluto”; en consecuencia, ligada a su material, la obra está limitada en su contenido. El método, con el que Hegel propone precisar dicha incidencia del material en el contenido de la obra, concilia los puntos de vista de sus predecesores ―el ideal (Platón, Plotino) y el empírico (Aristóteles, Horacio, Longino)―. Dado que la obra de arte se sitúa entre la sensibilidad inmediata y el pensamiento ideal, la consideración estética y en particular un estudio literario se debe concentrar tanto en el interés práctico del deseo como en la consideración teórica de la inteligencia científica.

3. La industrialización en la sociedad burguesa

Aquella “prosa del mundo”, bien delimitada por Hegel, dio a la historia recursos técnicos que a su vez generaron innovaciones significativas en los diversos campos de la civilización; así como en el ámbito jurídico y en la organización económica, también en la producción artística. La aparición de las técnicas de reproducción ―litografía [reproducción de la obra] y cine [fotografía y reproducción de sonido]― paso a paso, alteró las condiciones y los fines de los oficios artísticos; las escrituras encontraron nuevos recursos para su composición y difusión… el periodismo, el cine se fortalecieron en cuanto a cobertura de impacto. La incidencia del marxismo en la dinámica de las clases sociales imprimió en la mentalidad progresista el impulso necesario para hacer aparecer la nueva clase del proletariado y con ella la mentalidad socialista, mientras que la mentalidad colonialista se vio obligada a afianzarse más intensamente en sus principios personalistas para generar el fascismo.

De donde las tendencias sobre el aprovechamiento del recurso artístico, enriquecido con el poder de la difusión masiva, también se polarizaron. Para el fascismo, estos recursos se podían aprovechar imprimiendo matices estéticos en la implementación política ―el futurismo es el más claro ejemplo de un esteticismo político y el “arte por el arte” es cuestionado como su más eficaz aliado: aquel que al retraerse, en un supuesto aislamiento, opta por guardar silencio frente a la circunstancia de la historia. Por su parte, el socialismo asumió la responsabilidad de fundamentar una política del arte. En ese sentido, las quince tesis que Walter Benjamin desarrolla en su ensayo “Sobre la obra de arte en la época de la reproductibilidad técnica” dan un vuelco al problema del “fin del arte”. Señalando paso a paso las consecuencias de estas novedades técnicas en la “existencia aurática” (propia del arte que, basada en el “principio de la autenticidad”, restringía su función a un carácter “ritual”― de acceso limitado a unas élites y valorado como herencia cultural de una tradición):

“La reproducción técnica del arte alteró la relación entre las masas y la realidad dando a sus mediaciones una dinámica inagotable, en cuanto objeto de reflexión y de contemplación (…) Con el fracaso de la autenticidad como norma en la producción artística, la función del arte se trastornó: su fundamentación se desplazó del campo ritual al campo político”.

El crecimiento del número de participantes generó nuevos modos de participación: la masa empezó a generar comportamientos consabidos frente a las obras, la “calidad estética” fue sustituida por la cantidad de espectadores y, mientras que aquel antiguo elegido era capaz de sumergirse y adentrarse en la obra, la masa dispersa empezó a incorporar en sí a la obra.

4. Parámetros de observación

Consciente del valor que en el estudio del arte de una época presenta la dialéctica hegeliana (no es necesario recurrir a un determinismo directo para sentir a la Historia presente en un destino de las escrituras) y de la evolución que aquella “prosa del mundo” experimentó a lo largo del siglo XIX, en su Grado cero de la escritura Roland Barthés formuló los fundamentos de una historia de cierto lenguaje de la literatura.

Barthés situó en el año 1850 un límite de transición entre la escritura de los tiempos burgueses (fase clasicista y fase romántica en las que el escritor es “testigo universal”) y las escrituras modernas (en el sentido de “problemática del lenguaje”; fase que consagra la literatura como objeto): “Todo el siglo XIX ha visto progresar este fenómeno de concreción”, escribió Barthés.

¿Existe un proceso análogo en el contexto de la escritura en Colombia? Esta pregunta permitiría poner a prueba aquellos enfoques que observan la relación entre el desarrollo del capitalismo y Colombia del siglo XIX. A través de esta pregunta veremos qué tan precisa es la “homología” propuesta por Gutiérrez Girardot. De ser positivo el resultado de su desarrollo, entonces tendremos que ver si la relación entre esa obra de transición es una imitación basada en algún referente que a su vez imita a Flaubert (viéndolo bien la tesis de la homología no descarta la de la imitación). Quizás no se encuentre ni lo uno ni lo otro y finalmente concluyamos que García Márquez acertaba al reclamar esa necesidad (y satisfacerla), en cuyo caso tendríamos que reconocer que el verdadero nombre de Colombia es Macondo… y que finalmente, la novela que sustituye el vacío de la transición es El amor en los tiempos del cólera.

Como la tremenda dinámica política y social de la época “produjo un tipo nuevo de escribiente, situado a mitad de camino entre el militante y el escritor” será preciso explorar la escritura de la época de independencia buscando escrituras políticas como las que Barthés encuentra en el corpus de la literatura de su país en tiempos de Revolución, buscar la escritura de los intelectuales… ir más allá del canon y explorar textos como el memorial de agravios o los artículos periodísticos; quizás tenga sentido buscar las primeras manifestaciones de una escritura marxista entre nosotros… aunque tal cosa con seguridad no se encontrará sino bien entrado el siglo XX. Consultaremos las escrituras correspondientes a cada etapa política del país, en busca de la escritura de cada régimen.

Por otra parte, y aun siguiendo la propuesta de Barthés, sería necesario considerar los vínculos entre la escritura de la novela y la escritura de la historia en aquellos cien años; buscaremos relatos extensos, construidos por entregas mediante el género del folletín, nos detendremos en la forma que tomen los tiempos verbales en una y otra escrituras en busca de ese vínculo que las familiariza… y en el tipo de narrador. Todo esto nos permitirá ahondar más en ese espíritu de la época, en su historicidad, visto en su representación literaria cuyo desarrollo conquista las diversas formas de escritura.

Por último, buscaremos en la poesía colombiana ese recorrido clásico en donde la estructura busca con toda decisión sumar adornos sobre la prosa, para diferenciarse y definirse, hasta encontrar ese ejemplo de ruptura que determine el paso a una poesía moderna, buscaremos entrar en detalle en las propiedades de esa nueva poesía veremos si se encuentra en nuestra poesía esa “verdad de orden poético”, para decidir sobre las tesis de la imitación, de la homología o de la ausencia.

Una cota final en la exploración. La atención que Benjamin fijó en las técnicas de reproducción industrial del arte y las fuertes transformaciones que esta novedad genera han de encontrar manifestaciones en nuestro contexto; si bien el cine llega a nuestro a país sobre la tercera década del Siglo XX y su efecto no es considerable en el contenido definido para nuestro estudio, primero la litografía y luego la fotografía tendrán una incidencia en las primeras manifestaciones de nuestras escritura modernas. Dando así lugar a un nuevo campo de interés en este estudio. ¿Cómo se manifiesta el problema del aura en nuestra literatura del siglo XIX? ¿Qué pasa en Colombia con el criterio de autenticidad? ¿Se encuentran en la literatura colombiana del siglo XIX ejemplos de géneros ligados a la aparición de las técnicas litográficas? ¿Sería adecuado plantear como criterio de cierre del período en cuestión, cierto conjunto de condiciones asociadas a este aspecto una manifestación de la escritura?

Una importante serie de cuestiones que se pueden abordar al realizar este estudio de las manifestaciones literarias en el contexto del sufrimiento en un país latinoamericano, tomando el enfoque de la estética histórica como marco de referencia.

Bibliografía

Benjamin, Walter: “La obra de arte en la época de la reproductibilidad técnica” en Discursos interrumpidos. Taurus. Madrid. 1973.
Barthés, Roland: El grado cero de la escritura. Editorial Siglo XXI.
Eagleton, Terry: “Psicoanálisis” en Introducción a la teoría literaria. Editorial Fondo de Cultura Económica. México. 2002.
Gutiérrez Girardot, Rafael: “El arte en la sociedad Burguesa Moderna” en Modernismo. Editorial Fondo de Cultura Económica. México. 1982.
Hegel, G. W. F. Lecciones de estética. Ed. La Pléyade. Buenos Aires. 1977.
Jaramillo Vélez, Rubén: “La postergación de la experiencia de la Modernidad. En: http://www.javeriana.edu.co/narrativa_colombiana/contenido/bibliograf/postergacion.htm
Restrepo, Luís Alberto: “Génesis, consumación y superación de la modernidad según Hegel”. En: A propósito de G. W. F. Hegel y su obra. Editorial Norma.
Szondi, Peter: “La teoría Hegeliana de la poesía” En: Poética y filosofía de la historia I. Visor. Madrid. 1992.

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